martes, 1 de agosto de 2017

Se apellida Noir


El apellido del protagonista, que además sirve de título, es un explícito mensaje dirigido al lector: esto pertenece al género negro, tanto que podría usarse como ejemplo perfecto del mismo. La novela no se sale de los cánones; o sea, despacho, cliente atractiva, asesinato, investigador moviéndose e indagando y resolución final. Lo interesante está en las abundantes descripciones, en cómo el autor les da, a veces, una sutil pincelada de fantasía que potencia el lado noir de la historia. No basta, verbigracia, con que aparezcan los ineludibles callejones oscuros, además hay varias amenazas en ellos que podrían acabar con la vida del malhadado detective..., eso sin contar que es fácil perderse en sus laberínticos recovecos. 

Rober Coover estaba, infiero, muy interesado en lograr que su texto fuese lo más inmersivo posible: lo ha escrito en la rara segunda persona, ésa que usan los librojuegos, y los diálogos están insertados en los párrafos. A mi juicio, la inmersión conseguida es casi absoluta; la atmósfera, que domina el noventa por ciento del libro, tiene tanto trabajo y cohesión que uno termina formando parte de ese pequeño universo: antes de que te des cuenta, estarás fumando un cigarro en algún rincón de la sórdida ciudad, arrebujado con tu gabardina. Ahora bien, es posible que el exceso descriptivo eche para atrás a algunos lectores, sobre todo si son pudorosos, ya que abundan las referencias sexuales, o lo suficientemente avezados en el género para darse cuenta de los topicazos. Lo último, sumado a la impaciencia, puede terminar con un libro defenestrado. 

La impresión que causan las primeras páginas es muy negativa, porque empieza con las mismas escenas que ya se han visto en tantas y tantas películas: mujer de piernas impresionantes —el protagonista tiene una obsesión con las piernas— entra el despacho de un detective privado para contratarlo; cadáver que desaparece y nadie parece saber dónde se halla; bares llenos de parroquianos peligrosos. Hay que avanzar un poco para empezar a darse cuenta de aquello que hace único a Noir. Coover, amén de los sutiles detalles fantásticos, intenta sorprender con acciones que van en contra de cualquier ética, y lo logra. Cuando creas que el detective no se atreverá a pensar o hacer algo concreto, tal vez te quedes asombrado. Phil M. Noir es capaz de todo.

Estamos, en consecuencia, ante una de esas novelas valientes que se atreven a cruzar las líneas rojas, a ser políticamente incorrectas e inconformistas. Me parece muy recomendable para cualquiera que esté un poco cansado del género y quiera algo diferente pero asentado sobre pilares clásicos. Eso sí, dudo que Noir sea una buena manera de adentrarse en el amplio universo detectivesco; hay opciones mejores para ello, como Hammett, Chandler y demás. Yo debo admitir que lo leí a ratos porque las toneladas de atmósfera me agotaban a pesar de su calidad; así que alterné su lectura con un par de ensayos. Si a ti en cambio te va ese estilo, adelante. Es bueno que haya diversidad para satisfacer los gustos de cada cual. 

miércoles, 14 de junio de 2017

El poder de las etiquetas en el mundo de las letras

Tú y yo sabíamos que Picard siempre fue un rajabolsas,
y aquí está la prueba irrefutable

Lewis Mumford explica, en Historia de las utopías, algo con lo que coincido plenamente: las palabras que usamos para designar las actividades de cada individuo nos dan una visión parcial del mismo, una imagen estándar que oblitera la concepción del humano como una entidad completa que interactúa en una comunidad completa.

Suena mal, ¿verdad? Y puede empeorar, porque podemos añadir lo que el lúcido Fernando Gil Villa dice en su Introducción a las teorías criminológicas: la etiqueta puede ser usada para recrear un mundo en el que las personas se hacen mejores de lo que son, usada por el lado positivo. Sin embargo, también puede tener un uso siniestro donde abundan los papeles de infelices y amargados, individuos que se ven como fracasados.

Estamos, por lo tanto, ante la posibilidad de que aparezca una mezcla ominosa: la generalización negativa. Pensé en todo esto días atrás, cuando encontré un foro en el que una supuesta chica se degradó mediante una etiqueta. Antes nunca ponía enlaces de esos sitios porque sé lo que pueden molestar, pero me he dado cuenta de que tal vez pierda credibilidad si no lo hago; así que pasa un buen rato. Aunque es posible que sea alguien de una editorial fraudulenta pescando nuevos incautos, me sirve de ejemplo para el tema que trato.

«No. Aclaremos ahora la situación: somos noveles, no nos lee ni dios, salvo amigos, familiares y las cohortes de aduladores del facebook, no somos nadie en el mundo literario. Todo esto y más es rigurosamente cierto y todos somos conscientes de ello, salvo excepciones, claro». La etiqueta autoimpuesta cobra aquí una fuerza impresionante, tanto que, reitero, me hace dudar de que sea una autora real; recordemos que cada autor «novel» que publica en editoriales pirata da una buena cantidad de beneficios a cambio de lo que cueste una tirada diminuta. Por si fuese poco, luego esgrime un argumento a todas luces interesado: como nadie te lee si eres novel, debes darle tus ahorros a la editorial para que te haga el favor de tu vida...

Pero ¿publicar así, en un sitio que ni distribuye ni se preocupa por el autor una vez que paga, no tiene el mismo resultado? Lo único que se consigue es un libro invisible que sólo leerán conocidos. Sería mejor publicarlo en internet, o imprimirlo y distribuirlo uno mismo. Así al menos las pelas no acaban en las plumosas manos de un buitre.

Suponiendo que se trate de una escritora real e impaciente, es digno de lástima que alguien tome prestada una etiqueta del imaginario colectivo para ponérsela en la frente y atacarse a sí mismo. En principio, ésa en concreto no tiene nada de malo; sólo indica que se carece de la experiencia necesaria, que aún faltan detalles por aprender antes de escribir algo publicable. Quizá el drama esté en que algo publicable no tiene por qué publicarse, y es ahí donde muchos acaban desesperándose y cayendo en las redes de los bucaneros que se hacen pasar por altruistas. Parte de la culpa está en la creencia popular de considerar escritor sólo a quien publica —pobre Kafka—, y en las ilusiones rubemprerianas.

Lo grave es cómo usan las editoriales pirata la palabra «novel»: generalización negativa para infundir miedo en un entorno donde los que empiezan a escribir sólo reciben silencios. «Eres un novel, chaval, da gracias a que te publico en papel. ¡Papel!, el material con el que se forjan los sueños». 

sábado, 6 de mayo de 2017

Cuando despertó, el dragón todavía estaba allí


El primer juego que probé de Bethesda fue Oblivion, y debo admitir que no me gustó demasiado; las mazmorras análogas y el discutible sistema de niveles fueron lo que más dolió. Recuerdo que hubo un momento, tras llegar a cierto nivel, en el que sólo aparecían troles caminando junto a minotauros. No importaba dónde: si entraba en unas ruinas élficas, o una cueva, o atravesaba un bosque, ahí estaban los dos amigos. Llegamos a conocernos muy bien, tanto que al final ya me rapeaban como en el conocido sketch de Cruz y Raya: «Morirás, morirás, ya verás que morirás...». 

Luego, no sin cierto recelo, instalé el Fallout 3. Los dos primeros, ésos* que desarrolló Black Isle cuando aún vivía Heráclito, me entretuvieron durante bastante tiempo; pero temía encontrarme con un Oblivion futurista lleno de troles y minotauros cibernéticos. Afortunadamente, no fue así: la adecuación de los enemigos a mi nivel no se notaba tanto, y el mapa, a pesar de ser más pequeño, ofrecía una enorme variedad de lugares para descubrir. Recorrí aquel mundo postapocalíptico de arriba abajo, horas y horas admirando curiosidades. Incluso había un edificio que homenajeaba a Lovecraft... Lejos quedaron aquellas cuevas y ruinas genéricas que asfixiaban la exploración libre.

Y ahora, al fin, años después de su salida, me he atrevido con el celebérrimo Skyrim. Lo cierto es que llevo unos meses entretenido con él, haciendo misiones en cuanto aparece uno de esos extraños y anhelados ratos de ocio. He vuelto a crear el mismo personaje que me dio unas cuantas horas de diversión en el anterior, un ladrón asesino, y noto varias mejorías notables: compañeros de aventuras, movimientos finales —decapitaciones, ¡decapitaciones!—, fauna, pueblos con más vida, armadura de ladrón con capa... Sí, lo último puede sonar banal; pero un ladrón sin capa es como un enano sin barba, entelequias. Se agradece que la compañía tomase nota de los mods más usados por la comunidad.

Hay defectos, por supuesto. Yo prefiero mirar para otro lado y permitir que el juego me lleve de la mano, porque ciertos instantes son increíbles, te meten de lleno en un mundo de espada y brujería. Recuerdo estar caminando por una aldea y, de repente, alguien grita «¡Dragón!», los guardias observan el cielo a la par que aprestan sus arcos, un comerciante huye, miro en derredor hasta que un dragón se posa sobre el tejado de la herrería para vomitar su aliento de escarcha. Esos momentos son mágicos. Creo que Bethesda va por el camino correcto si su intención es sumergir al jugador en la fantasía, porque el engorroso —engorroso para algunos— proceso que conlleva construir un personaje se difumina cada vez más. Lo malo es que aún falta bastante para lograr un objetivo así: pausas en medio del combate, personajes no jugadores robóticos, zonas que aún se repiten... Por lo tanto, pienso que sería mejor usar las viejas fórmulas, o al menos no abandonarlas del todo. 

Lo que más me hizo rechinar los dientes fue la sensación de obtener mis metas demasiado rápido, sin esforzarme lo debido: los hechiceros llegan a ser archimagos a las pocas horas, los guerreros encuentran un equipo genial sin muchas dificultades, los asesinos no tardan en ser casi invisibles. Además, robar es tan fácil que aburre; resulta gracioso irte con media tienda mientras el vendedor está presente. ¿Y qué pasa con los espectros? Antes sólo podías eliminarlos con magia u objetos encantados; ahora sirve cualquier cosa. Todo vale con tal de no molestar al sufrido jugador, no sea que abandone. También me resultó raro ver un montón de instrumentos por todas partes, flautas, tambores y guitarras, y que no puedan ser tocados cuando se completa el colegio de bardos. Me habría gustado tocar melodías luctuosas en las posadas antes de ir a por la siguiente víctima. Sé que se soluciona con un mod, pero es un error: la mente, al advertir la presencia de esos instrumentos, hace una relación y crea una expectativa que se quedará sin resolver.

Skyrim es el paradigma del producto mainstream, una explosión de fama que alcanzó hasta a los alienígenas de Iker Jiménez. Menos mal que da la talla y entretiene durante semanas. Yo, de momento, sigo prefiriendo el Fallout, cualquiera de ellos

*Los omvres de verdad aún tildamos los demostrativos. 

sábado, 22 de abril de 2017

Ursula vivió en Terramar


Tras varios años recibiendo rechazos, Ursula —no veas lo que me cuesta dejar la «u» sin tilde— tuvo la suerte de que un editor le propusiese escribir una novela para jóvenes. El tiempo demostró que en realidad el afortunado fue el editor, porque ella escribió una de las mejores obras del género fantástico: Un mago de Terramar.  

Corrían los coloridos años sesenta cuando se publicó, época de muchas limitaciones en el mundo de las letras; pero Ursula supo tener la suficiente sutileza para esquivarlas y meterle un triple al rancio etnocentrismo de aquellos días, lo cual, por sí solo, tiene un mérito enorme. Resultaba imposible, a la sazón, creer que el público aceptase a un héroe de piel oscura, o a unos vándalos blancos como la leche. Algunos ilustradores ni siquiera se atrevieron a poner un poco de marrón en el rostro del protagonista, y hasta he visto la foto de una miniserie donde tiene aspecto caucásico. Lo genial del asunto es que la novela, que es lo importante, se mantiene viva aún hoy. Y le queda mucha cuerda.

Sinceramente, la primera impresión que me llevé cuando la leí fue regular: los hombres son ilustres hechiceros y las mujeres, brujas. Es necesario reflexionar un poco para percatarse de que, a pesar de eso, las brujas no tienen por qué ser malvadas, y sólo son inferiores a los hechiceros porque su acceso al conocimiento está vedado. En cuanto superé ese primer escollo, quedó al descubierto uno de los poquísimos textos que me hicieron leer hasta altas horas de la madrugada; la autora sabe cómo atar al lector, sumergirlo en una trama llena de elementos sugestivos. Eso lo consigue, además, con un estilo clásico que le da poco peso al diálogo. La clave está en un argumento que se aleja de los limitados planteamientos habituales, como los que usó Tolkien y su, así lo llamó Moorcock, Pooh épico

Ged, el protagonista, es perseguido por una misteriosa sombra nefaria que él mismo convoca. Si supiese su nombre, pues la magia consiste en conocer los nombres verdaderos, podría derrotarla; empero, nadie parece saberlo, así que la búsqueda de ese esquivo enemigo lo convertirá en un personaje temido, maldito y sombrío. Asimismo, posee defectos propios como la envidia y la ingenuidad; aunque ambos se deben a la juventud. Supongo que esos detalles agradaron al creador de Elric, alguien que no suele usar héroes inmaculados para sus novelas.

Las aventuras de Ged transcurren en Terramar, el nombre de un archipiélago ficticio; o sea, islas y más islas, islas por doquier... Por algo en la imagen de arriba hay una embarcación. Esto le da un toque especial y característico a la historia, personalidad. Cada pequeña porción de tierra guarda sus secretos.

No voy a destripar nada. Tendrás que creerme si te aseguro que ciertas partes del libro están a la altura de los títulos grandes e inolvidables, que hay momentos sublimes donde las emociones se desatan de formas muy ingeniosas. Imagino que las cuatro siguientes estarán al mismo nivel, pero nada puedo decir de ellas porque aún no las he leído. Le pondré remedio a esa herejía lo antes posible.   

lunes, 27 de marzo de 2017

Panóptico



—Acércate, Bernard, tienes que echarle un vistazo a esto.
      El primer oficial se levantó de su asiento y miró la pequeña pantalla de observación. En ella, ensombrecida por un cielo plomizo, vio una avenida llena de criaturas antropomorfas.
      —Sorprendente —dijo Bernard—. Sí, sorprendente. Tenemos que despertar al capitán.
      Arrugando el ceño y cruzándose de brazos, el piloto negó con la cabeza.
    —Ya sabes cómo es —rezongó—. Seguro que se quedará toda la diversión para él y nosotros tendremos que quedarnos aquí. ¿Cuántas veces encontramos una especie similar a la nuestra? ¿Eh? Dime.
        —Muy pocas. Pero la normativa…
     —Estamos solos en el puente; es el momento perfecto, nuestra oportunidad. Nadie tiene por qué saberlo. Venga, Bernard, estaremos poco tiempo, una hora.
      Bernard se quedó pensativo durante unos instantes.
      —No sé, Winston, no sé.
      —Vamos rápido a la sala de reconversión. No lo pienses más.
      La excitación de Winston se mostraba a través de su cuerpo, que temblaba bajo el uniforme reglamentario. Ambos pertenecían a la orden de los exploradores, y su pasión por el estudio de otras culturas era intensa, muy intensa, tanto que habían perdido la cuenta de las veces que soñaron con una oportunidad similar. Y ahora estaba ahí, ante ellos, al alcance de la mano.
      —Da igual que lo piense o no, porque el traductor universal no va a tener tiempo para analizar el idioma.
      Winston le guiñó un ojo.
      —¿Y si alguien ha sido previsor y lo puso a trabajar en cuanto la Aurora se puso a extraer información del planeta? —inquirió mientras señalaba una barra de carga que ya iba por el ochenta por ciento.
      —Supongo que… —Bernard suspiró.
      —Exacto: supones que no hay nada que objetar. Te espero en la sala de reconversión.
      Sin permitir que una posible réplica lo impidiese, Winston salió del puente a toda prisa. Bernard se quedó un rato pensativo antes de seguirlo. Luego, tras recorrer un par de sectores, lo encontró colocándose una réplica del atuendo que llevaba esa especie, una larga túnica gris; combinada con ella, su oscura melena le daba el aspecto de un comerciante neoreligioso, esos tipos que, con voz atiplada, aún venden esperanzas a cualquier pueblo emergente dispuesto a escucharles.
      —Qué pinta —dijo Bernard sonriendo—. Me traes recuerdos de la Tierra. Ah, tendrás que ocultar el pelo de alguna forma; ellos van rapados o son calvos por naturaleza.
      —Ya, y tienen la piel púrpura. No hay problema, puse las indicaciones necesarias. El pelo es un pequeño precio a pagar, ¿no crees? Ya volverá a crecer. Tú, en cambio, has tenido suerte, señor bombilla.
      —Según cómo se mire —dijo pasándose la mano por la calva.
      Diez minutos después, los dos estaban listos para pasar desapercibidos entre la población. Sólo les faltaba recoger el traductor, introducírselo en el puerto craneal e ir a la sala de transporte. Por desgracia, fueron descubiertos por un ingeniero… y cerrarle la boca costó más de mil créditos.
      Refunfuñando, Winston activó el sistema de camuflaje de la lanzadera y la condujo hasta aterrizar en una zona tranquila, apartada, donde no se veía a nadie.
      —Maldita sea —dijo en cuanto se apearon entre dos filas de pequeños edificios idénticos—, eso era la mitad de mis ahorros. Espero que merezca la pena. Y tú podías haber aportado algo.
      —No soy yo quien ha insistido en venir.
      Winston chasqueó la lengua.
      —Mira —dijo—. No estoy de humor para ir contigo, así que vamos a separarnos. Ya nos contaremos nuestras experiencias aquí mismo, dentro de una hora. ¿Qué te parece?
      —Me parece bien.
      Bernard ignoró al piloto y decidió echar un vistazo en la inmensa torre que se elevaba por encima de la ciudad. Como se dio cuenta de que todas las calles convergían en ese extraño y sombrío edificio, infirió que debía tener importancia; quizá fuese el lugar donde se encontrase el regente.
      Mientras caminaba despacio y con mirada analítica, reparó en varios detalles que lo sorprendieron: unos muros altísimos lo rodeaban todo, como si los habitantes tuviesen que defenderse de monstruos gigantes, y no vio ni un ápice de porquería. En la Tierra era común toparse con papeles, pintadas, incluso deyecciones; pero aquí el civismo era absoluto. Ayudaba que, al parecer, no poseían mascotas que dificultasen la tarea de limpieza. Tampoco tenían señales de tráfico, pues usaban vehículos de transporte autopilotados que flotaban lentamente sobre las calzadas. Iban tan alto y despacio que no suponían ningún riesgo para los viandantes. Con todo, éstos se guardaban de interponerse en su camino.
      Al cabo de un rato, también se dio cuenta de que faltaba algo esencial: risas, diversión, voces, cualquier signo de arrebato. Nadie mostraba sus sentimientos, ni siquiera los niños. A Bernard le dio la sensación de encontrarse en un mundo aséptico lleno de robots, así que hizo lo posible por comportarse de la misma forma.
Fue incapaz de resistirse a entrar en un sitio donde, aparentemente, se servían comidas. Se preguntaba si en él habría alguna diferencia de conducta; pero dentro, sentados alrededor de una mesa circular, los clientes merendaban en silencio, con la cabeza agachada y sin apartar la vista del plato. En el centro de la mesa había una columna blanca llena espejos. Tras acercarse, Bernard notó que éstos rotaban siguiendo sus movimientos. Cámaras, pensó. Supuso que los habitantes de ese planeta mantenían el orden a base de una férrea seguridad. Cuando un camarero, libreta en mano, se le acercó, bajó la mirada y explicó que sentía un repentino dolor de estómago. El camarero se quedó unos segundos observándole antes de dar media vuelta con desinterés, como si Bernard hubiese desaparecido de repente. 
      De nuevo en la calle, vio un vivo resplandor en el cielo, una especie de relámpago verduzco. Estuvo a punto de preguntarle a alguien qué era… y meter la pata porque eso tal vez lo delataría. Su reloj indicaba que faltaban menos de cuarenta minutos para reunirse con Winston; por lo tanto, prefirió dejar la torre para más tarde y adentrarse en un local que también le llenó de curiosidad. El letrero de éste decía, según el traductor, «Archivos». Supuso que era algo similar a una biblioteca, y acertó: dentro se podía aprender la historia de aquella especie, dispuesta en pequeños dispositivos electrónicos con forma cilíndrica. Sólo era necesario introducir el cilindro deseado en una abertura y disfrutar así de un espectáculo audiovisual. Notó cómo las cámaras le observaban desde otra columna; pero no le dio importancia. Al menos allí estaba solo, sin nadie que pudiese estudiarle de cerca y sospechar.  
      Contempló cómo una extensa concatenación de guerras dio paso a la era pacífica, donde se destruyeron las armas y se debatió cuál sería el mejor camino para el futuro. Tanta similitud con los humanos le azoró, le trajo malos recuerdos. El debate se hallaba en el punto álgido cuando fue interrumpido por una suave voz femenina que le recorrió la nuca:
      —Espero que su solaz sea satisfactorio, buscador.
      Bernard giró la cabeza y fue impactado de lleno por dos ojos púrpuras que le miraban con curiosidad. Habría jurado que estaba solo, pero era evidente que no.
      —Sí —respondió—, era lo que buscaba. Gracias.
      Esperaba que aquella hembra le dejase tranquilo tras responder; sin embargo, se quedó a su lado, incluso se acercó un poco a él, lo cual denotaba ganas de conversación.
      —Verá, es raro en estos días que alguien se interese por la cultura; hace casi un mes que nadie se acerca por aquí. Muchos tienen miedo de que sea ilegal, claro. Una pena. Porque no es ilegal, ¿sabe? Aún no.
      Alarmado, Bernard reiteró sus gracias y se largó: no quería hacer algo que se considerase fuera de lo común y arriesgarse a ser el foco de atención. Aunque lamentaba no haber visto el final de aquel debate, se olvidó de ello al darse cuenta de que sólo faltaban cinco minutos para verse con Winston; la duradera e interesante parte bélica le hizo perder la noción del tiempo. Siempre le pasaba lo mismo cuando se ensimismaba ante el pentamonitor de su hogar.
      Fue al punto de reunión. Como llegaba con retraso, dio por sentado que Winston estaría esperándole, pero no lo vio por ningún sitio. Pasado un rato, empezó a ponerse nervioso y se acercó a la boca el comunicador que llevaba en la muñeca. No hubo respuesta. Hizo un esfuerzo por mantener la serenidad y pulsó la tecla que debía indicar la posición del piloto. La pantallita del comunicador no mostró nada, se quedó en negro. Fue consciente de lo malísima que era su situación: acababa de romper el reglamento de los exploradores al visitar un planeta sin decirle nada al capitán, y ahora su compañero no estaba. Simplemente no estaba. Si hubiese muerto, al menos debería aparecer la posición del cadáver…
      Se le pasó por la cabeza volver a la nave, informar al capitán; pero antes de hacerle frente a las consecuencias, cualesquiera que fuesen, enfiló hacia la torre: desde ella podría tener una vista magnífica de la ciudad y, con suerte, hallar algo relevante. Esa vez no permitió que nada le distrajese. Y cuando la tuvo ante sí, sintió una zozobra que le hizo tambalearse: era imponente, enorme, de aspecto sólido e impersonal. Sus cenicientos muros sin ventanas no relevaban nada del interior. La entrada, que estaba abierta de par en par, podría ser la boca de un leviatán. Bernard estuvo a punto de dar media vuelta.
      Más allá de la entrada sólo había oscuridad, y su único recurso para enfrentarse a ella era el comunicador: éste podía emitir un rayo de luz, lo suficiente para no estamparse contra alguna pared. El problema es que ese uso iba a agotar la energía en cuestión de minutos, e impedir así la comunicación con la nave. De todos modos, sabía que no iban a tardar mucho en darse cuenta de su ausencia y buscarle.
      Se quedó inmóvil durante un buen rato, sopesando la idea de abandonar aquella empresa. Luego dejó la mente en blanco, activó el modo linterna y se adentró en las tinieblas. Recorrió varios pasillos vacíos y ascendió por unas escaleras metálicas. Lo último le tranquilizó un poco, pues su objetivo era llegar a lo más alto: vio, desde el exterior, una lejana barandilla en la cúspide; así que debía existir algún modo de subir allí. Varios minutos más tarde, se asombró porque esperaba que aquello fuese un sitio fascinante, no un rincón enorme y vacío como el almacén abandonado que visitó en la niñez. Estaba seguro de que el eco sería magnífico, digno de oírse; pero no se atrevió a comprobarlo.
      En los últimos pisos se topó con una novedad: el quedo zumbido de la ventilación, aspas metálicas que, situadas en techo y paredes, se movían tras rejillas de seguridad. Por desgracia, no pudo ver nada más porque la luz del comunicador titiló varias veces antes de apagarse. El pánico atenazó sus sentidos y empezó a fantasear con la idea de que un espectro le agarrase la mano, o le persiguiese silenciosamente. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para continuar a ciegas, palpando las paredes y caminando con circunspección, ascendiendo y atravesando un buen número de pisos hasta llegar al último, donde una voz áspera perforó la oscuridad y mordió sus tímpanos.
      —Lo sé —dijo—. Sé qué te trae aquí. Vuelve a tu nave, foráneo. Vuelve y olvida. Olvidar es lo mejor.
      Bernard dirigió la mirada hacia donde había surgido esa voz, y vislumbró una débil luz púrpura en medio de la oscuridad, un pequeño círculo.
      —¿Qué debo olvidar? —inquirió—. ¿Que aquí no se paga la electricidad?
      —Humor, una defensa contra el miedo. Da media vuelta y no me enfades.
      —Enfádate lo que quieras, pero no me iré hasta saber qué le ha pasado a…
      —El otro foráneo está penalizado.
      —¿Penalizado?
      —Sí, infringió una norma y se le aplicó el castigo correspondiente; es decir, la desintegración. Compréndelo, arrojó un envoltorio al suelo. Hace mucho tiempo que no veía tamaña barbarie. Tú, en cambio, pareces civilizado; aunque recomiendo que te vayas.
      —No entiendo, ¿desintegración? ¿Quién lo ha desintegrado? ¿Cómo?
      —Antes de responder tantas dudas —dijo después de suspirar—, permite que ilumine esto.
      Una luz intensa y fría deslumbró a Bernard, que tuvo la necesidad de cubrirse durante un momento. Cuando se acostumbró, vio a un anciano sentado en un enorme trono metálico. Tenía largos mechones blancos de pelo ralo entremezclados con cables, y la mitad de su rostro era cibernético. El ojo artificial irradiaba una luminosidad púrpura.
      Lo que más le fascinó fue el trono lleno de teclas y luces, y las filas y filas de monitores que había detrás.
      —¿Quién eres? —preguntó Bernard al fin, pasado el estupor.
      —Soy el vigilante —respondió mientras alzaba una mano de metal hacia los monitores—. Yo me encargo de mantener la paz.
      Bernard sintió cómo una cólera repentina le apretaba el cerebro, porque lo comprendió todo; comprendió por qué aquella ciudad se asemejaba a una procesión de fantasmas silentes.
      —Discrepo —dijo—. Lo cierto es que te encargas de mantener la muerte. Pagáis un alto precio por la seguridad, ¿no crees?
      —Yo no decidí mi destino; he nacido aquí y hago lo que debo hacer, lo que se me ha encomendado. Era el vigilante antes de que tú nacieras, y seguiré siéndolo cuando hayas desaparecido. Y la ciudad continuará igual: recta y digna. ¿Acaso piensas juzgarnos? Mírate a ti mismo, preocúpate de los tuyos y déjanos. Lo diré por última vez: vuelve a la nave que te espera allí arriba. No quiero verme obligado a declararla ilegal y tomar medidas.
      Apretando los dientes, Bernard toqueteó algo que ocultaba en la espalda, bajo la túnica.  
      —Sé lo que piensas —continuó el vigilante—. Vas a sacar ese fáser que escondes y apuntarme. Adelante, hazlo.
      —¿Por qué no me mataste cuando entré en la torre?
      —Las visitas a mi hogar están permitidas, aunque llevaba siglos sin recibir una. —El vigilante tecleó algo en su asiento y éste emitió un pitido—. Una pena: acabo de decidir que tus compañeros son una amenaza, lo siento. Creo que es hora de castigarles.
      Bernard sacó el fáser y apuntó al vigilante. Sus manos temblaban.
      —¿Crees que matándome solucionarás algo? —preguntó con una sonrisa pavorosa—. La sola presencia de este edificio es un recuerdo constante de disciplina y orden. Por otro lado… la nave es tan frágil…
      Uno de los monitores mostró a la Aurora orbitando el planeta; luego, poco a poco, la imagen terminó apareciendo en todos.
      —Permite que me vaya y no diré nada sobre tu pueblo. Mis compañeros no tienen la culpa de que yo haya venido aquí.
      —Mientes.
      Un resplandor verduzco cubrió a la Aurora, ocultándola por completo. Y después no quedó nada aparte de las estrellas. 
      —¡Maldito! —Bernard apuntó a la cabeza del vigilante y apretó el gatillo. Antes de verlo desfallecer, tuvo la impresión de que hacía una mueca de gratitud; pero desechó esa idea.
      Los monitores se apagaron y la ventilación se detuvo, como si la vida del vigilante estuviese unida a la torre. Además, una salida rectangular se abrió en el techo. Los dos soles del planeta iluminaron el cadáver ennegrecido y cubierto de cables. El ojo artificial ya no emitía luz alguna, sólo mostraba una negra oquedad.
      Bernard observó la escena durante un rato, antes de ir a la azotea y admirar lo simétricos que eran todos los edificios. Muertos sus compañeros, estuvo tentado de arrojarse al vacío; prefería eso a quedarse en un mundo desconocido, por mucho que le agradase su estudio. Pasado un buen rato, cuando ya se había resignado a quedarse porque le faltaba valor para el suicidio, escuchó un zumbido junto a la oreja. Se giró con brusquedad y se encontró con el rostro furibundo del capitán, una imagen proyectada desde…
      —¡La Aurora! ¡La Aurora aún resiste!
      —¿Resistir? —tronó la voz grave y colérica del capitán—. ¿Resistir el qué? Acabo de enterarme de lo que habéis hecho tú y el piloto. Sus datos no aparecen, por cierto. Vas a venir ahora mismo y explicarme este asunto con detalle. Prepárate para el teletransporte.
      Bernard desapareció de la azotea.
      Entretanto, cerca de una fuente, un grupo de niños sosegados contemplaba su reflejo en el agua; meditaban sobre las enseñanzas del día. El más pequeño no dejaba de lanzarle preguntas a su hermano, que acabó perdiendo la paciencia y empujándole con un ligero codazo. Ante eso, todos se apartaron del chico agresor, horrorizados por lo que acababa de suceder, y éste se tapó el rostro con ambas manos, sollozando. Tras una larga tensión, los niños dirigieron miradas recelosas hacia la torre. Esperaban el castigo que jamás llegaría.